sábado 11 de julio de 2009
¡Arriba las bicicletas!
El Terrat en el Tour
En Contrarreloj, Eugenio Fuentes (Cáceres, 1958) coloca a su detective, Ricardo Cupido, sobre una bicicleta y lo condena a escalar el Tourmalet. La narración del viaje es el corazón de la novela, ocupa seis páginas, dos párrafos densos separados por un punto y aparte que se leen sin aliento, con la misma falta de oxígeno que agobia progresivamente al voluntarioso pedalista según va consumiendo repechos y curvas de herradura. Es un viaje físico, del valle a la cima de la montaña, en el que, según cambia el paisaje y sus olores, sus ruidos, cambia la voz narrativa; es también un doble viaje interior, el que acomete el hombre en busca de sus límites, el espiritual, el que le hace trascender, transformarse. Es un viaje literario, poético, liberador. Éste, que experimenta en los Pirineos Fuentes-Cupido -el novelista no escribe de oído: antes de contarlo lo experimentó-, es uno de los poderes benéficos de la bicicleta, herramienta de transporte de la clase trabajadora que cobró aura épico-literaria gracias a carreras como el Tour, a héroes de carne y hueso como Fausto Coppi, como Jacques Anquetil, como Federico Bahamontes. En ellos, en ciclistas convertidos en mito por Roland Barthes en los años cincuenta, es decir, en su infancia, pues sólo el niño se deja engañar a sabiendas, comienza su viaje, en bicicleta, por supuesto, hacia la utopía social y urbana Marc Augé, un etnólogo francés (Poitiers, 1935), un idealista que, emulando a Blaise Pascal, filósofo e inventor de la carretilla, piensa que si pedalea existe. Como es sociólogo, y no parece marxista, Augé cree -y lo cuenta de una manera hermosa y breve: el poder terapéutico del ciclismo alcanza a todos los atributos de quienes lo practican- que el gesto precede a la función, que el uso de la bicicleta como medio de transporte cotidiano no es tanto el producto de una realidad social y cultural sino que es, precisamente, la palanca que puede transformar la sociedad. Como los socialistas utópicos del siglo XIX, barridos por la terquedad de la realidad, por su resistencia a adaptarse a sus ideas, Augé es consciente de lo utópico de su propuesta, pero no por ello, terco como cualquier ciclista aficionado que se niega a bajarse de la bicicleta para terminar, agotado, a pie la ascensión al Tourmalet, renuncia a ella. Entre el capitalismo y el socialismo, a la felicidad por la bicicleta, la tercera vía. El elogio de la bicicleta se convierte, inevitablemente, en una proclama que el autor termina a lo grande: "¡Arriba las bicicletas para cambiar la vida! El ciclismo es un humanismo".
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suplemento Babelia
Carlos Arribas
El escalador - Escrito por Eugenio Fuentes
1951, Dax-Tarbes
En las etapas llanas de los primeros días, los escaladores desarrollan un espíritu parasitario. Se acurrucan en la cola del grupo, procuran no dormirse en el vaivén con que los rodadores mecen al pelotón para luego descuartizarlo por sorpresa y se dejan llevar subidos en las espaldas de los más rápidos. Pero en cuanto chocan con un puerto se dispara en ellos un resorte gótico que estimula su anhelo hacia las alturas. Son tipos que de niños trepaban a los tejados y a los árboles, y ahora les gusta quedarse a solas con los pájaros en las cimas de las montañas y ser los últimos en ver morir el sol en el ocaso. Para eso se atreven a desafiar la ley de la gravedad, esa extraña codicia con que la tierra se niega a dejar escapar de su seno a sus criaturas. Ante las rampas, el escalador aprieta los dientes y pone a trabajar todas las partes de su cuerpo: las piernas que empujan los pedales, los riñones que empujan las piernas, los brazos aferrados al manillar como si empujaran una carretilla cargada de arena. Alcanzada esa tensión que los hace ingrávidos, si uno deja de verlos durante los segundos en que trepan una de esas brutales curvas de herradura que van de una rampa dura a otra peor, puede pensar que han usado una pértiga en lugar de una bicicleta.
Cada uno tiene una montaña preferida cuyo perfil lleva tallado en el rostro, que en cada ascensión se ha erosionado hasta parecerse al puerto. La misma nieve ha astillado la cumbre y la nariz del escalador, el mismo viento ha arrancado la vegetación de las alturas y parte de su cabello, el mismo sol que broncea los bosques ha bronceado su barbilla. Su desdén por la técnica, esencial para el contrarrelojista, y su fe en la fuerza y la capacidad de sacrificio despiertan la admiración de los aficionados, que ven que el podio no siempre cuenta con ellos. Pocas imágenes son más hermosas que un escalador al ataque, en pie sobre la bicicleta, con los ojos puestos en la cima y en los dientes la ambición de empotrarse contra el cielo mientras los relojes estallan en pedazos.
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viernes 10 de julio de 2009
Prosas apátridas
Julio Ramón Ribeyro (1929-1994)
El amor, para existir, no requiere necesariamente del consentimiento, ni siquiera del conocimiento del ser amado. Podemos querer a una persona que nos desprecia e incluso que nos ignora. La amistad, en cambio, exige la reciprocidad, no se puede ser amigo de quien no es nuestro amigo. Amistad, sentimiento solidario, amor solitario. Superioridad de la amistad.
página 111
jueves 9 de julio de 2009
El músculo cambia para afrontar el Tour - Escrito por Ricardo Mora
Jan Ullrich - Andorra Arcalis 1997
Los seres humanos tenemos en nuestros músculos fibras lentas y rápidas. En realidad las lentas no lo son tanto, puesto que se contraen en tan solo 0,2 segundos. La mayoría de nosotros tenemos la mitad de nuestros músculos formados por fibras lentas y la mitad por fibras rápidas. Si al músculo le sometemos a las demandas del pedaleo durante horas, días, meses y años, éste se adapta a esa tarea. Como en el pedaleo el tiempo en el que el pie empuja el pedal es relativamente largo (0,75 segundos si se pedalea a 90 revoluciones por minuto), el tipo de fibra idóneo para esta tarea es el de tipo lento.
No hay estudios que lo confirmen, pero es probable que el tipo de fibras en el cuádriceps de un ciclista mute hacia las lentas con los años de entrenamiento. El ciclista o el entrenador no pueden ver estos cambios, puesto que suceden dentro del músculo. Sin embargo, podemos medir la eficiencia de la pedalada. La eficiencia de pedaleo es la energía gastada por kilómetro avanzado y ésta tiene una estrecha relación con la cantidad de fibras lentas en las piernas del ciclista. Las fibras lentas son energéticamente más eficientes que las rápidas. Solamente alrededor de un 20% de la energía gastada por el ciclista termina moviendo las piernas del corredor; el 80% restante de la energía va a otros músculos, o se disipa como calor.
Así, se vio que Armstrong aumentó su eficiencia del 21% al 23% en siete años (1993-2000). Un estudio reciente confirma que Armstrong no es especial, sino que 12 ciclistas de la ONCE también aumentaron del 24 al 27% su eficiencia a lo largo de cinco años de participación en grandes vueltas. Es solamente un 3% de ganancia, pero si lo multiplicamos por las casi 6.000 kilocalorías que gastan en las etapas fuertes, nos sale un importante ahorro energético.
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Ricardo Mora es fisiólogo del Ejercicio de la Universidad Castilla-La Mancha.
El líder - Escrito por Eugenio Fuentes
1995, Lance Armstrong
El liderazgo de un equipo ciclista no se recibe como un regalo del azar o del cielo, sino que se gana como un botín de guerra. Para merecerlo, además de los éxitos previos, son necesarias dos virtudes primordiales: las fuerzas y el carácter. Un líder debe mostrar un carácter tan firme que nadie de su equipo le exija que demuestre sus fuerzas, y debe tener tantas fuerzas que nadie se atreva a poner a prueba su carácter. Cuanto más sólido sea este último, más rendimiento sacará de aquéllas. Dicho de otro modo: un líder es definitivamente reconocido cuando, aunque no lance ningún ataque, todos están convencidos de que puede lanzarlo. Así ocurría con Merckx, con Hinault, con Armstrong, que hundían al rival desatando sobre la ruta una furiosa respuesta al desafío.
Ese prestigio hace que sus escuderos se pongan ciegamente a su servicio y le vayan abriendo de par en par la carretera, impidan que el viento devore sus fuerzas y protejan sus ruedas de roces ajenos y su entrada en la penumbra de los túneles. A cambio de la entrega de los suyos, el líder está obligado a dar ejemplo, a ser el primero del equipo en la meta y el último en rendirse. Si vence y se viste el maillot amarillo, descubrirá que hay un sol allí dentro que le da alas sin quemarlo, y le exigirán que vuele. En caso de derrota, nunca debe permitir que lo atrapen vivo y entero en la batalla. Será el primero en ocultar la debilidad y cicatrizar las heridas para estar al día siguiente disponible, aunque haya sido el último del grupo en recibirlas.
Un equipo sin líder no destaca, del mismo modo que un equipo con dos líderes es una buena forma de provocar una guerra civil: brotan los celos, los esfuerzos se dispersan, se duermen los centinelas y los gregarios no saben a quién entregar el último bidón de agua o el último puñado de polenta que llevan en las alforjas. En el pasado Mundial de ciclismo celebrado en Varese, el potente equipo español competía con dos líderes, Alejandro Valverde y Óscar Freire. Mientras ambos discutían, el italiano Alessandro Ballan ganó la carrera.
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Eugenio Fuentes es escritor
miércoles 8 de julio de 2009
En cabeza, el doble de esfuerzo - Escrito por Ricardo Mora
1987 Tour de France Team Time Trial
Desde el año 2005 no se disputaba una contrarreloj por equipos. Ayer asistimos a los 39 kilómetros más rápidos del Tour, con velocidades por encima de 50 km/h de promedio; una hazaña de fuerza y de coordinación milimétrica. Salen vestidos de gala los nueve componentes del equipo, pero el tiempo que cuenta es el del quinto que entre en la meta. Por eso, no vale tirar a muerte con los llaneadores, hay que hacer la carrera para que el escalador no pierda rueda. Si alguno va mal, se puede descolgar del grupo, pero no demasiado pronto porque perdería muchos segundos en la general. Los rodadores hacen relevos más largos y están más tiempo en la cabeza del grupo. Todos ellos viajan a 50 km/h, pero el de cabeza va haciendo casi el doble de trabajo que los demás (480 vatios frente a 270).
Y esto, ¿por qué? A velocidades mayores de 30 km/h, la resistencia que ofrece el aire al avance del ciclista es más de un 80% de la fuerza que tiene que hacer en los pedales. Cuanto más veloz viaja el ciclista, más resistencia le opone el aire. Para hallar esta resistencia aerodinámica tenemos que medir la velocidad y densidad del aire, el área frontal del ciclista y un coeficiente de resistencia (Cx) que se mide en un túnel de viento. Este último depende de la forma de la bici, del casco y del ciclista. De ahí los trajes pegados al cuerpo, los cascos terminados en cola, los cuadros planos y los manillares con alerón. Para reducir el área frontal, el manillar obliga a mantener los codos casi juntos y está un poco más bajo de lo normal respecto del sillín. Esto hace que el ciclista adelante su posición en el sillín (en detrimento de su próstata) como si fuese a deslizarse y caer en la barra. La rodilla se adelanta unos centímetros respecto al eje del pedalier, lo que hace que el cuádriceps contribuya más a la pedalada y el glúteo un poco menos. Así, la frecuencia de pedalada es más ágil. Después, en la cola del grupo se puede recular un poco la posición y dejar que el glúteo (un músculo potente pero más lento) tome el relevo.
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Ricardo Mora es fisiólogo del ejercicio en la Universidad de Castilla La Mancha.
martes 7 de julio de 2009
El contrarrelojista - Escrito por Eugenio Fuentes
1989 Tour de France Final Time Trial
Frente a los deportes rectilíneos que buscan la distancia más corta entre dos puntos o se desarrollan en canchas cuadriláteras, en el ciclismo impera la curva. El corredor que mejor domine la geometría del círculo tendrá más posibilidades de ganar. En una bicicleta, las ruedas son circunferencias sostenidas por radios y el juego de marchas está organizado en platos y coronas. Manillares, casco, cuadro y complementos llevan redondeadas las aristas para burlar la resistencia del aire. El pedaleo es bueno cuando es redondo y, cuando no, los ciclistas se retuercen sobre el sillín. En todas las carreteras, incluso en las llanuras, siempre hay giros. En las montañas, los puertos se suben mediante curvas y contracurvas de herradura. Los nombres de las grandes competiciones son variaciones semánticas de la circunferencia: Vuelta, Tour, Giro.
En este universo sinuoso, el especialista en contrarreloj es un deportista equivocado: nació para ser atleta de líneas rectas, pero práctica un deporte de anillos. Por eso es feliz en las rectas interminables, donde conduce su bicicleta como una lanza y sufre al chocar contra la triple ondulación de las rotondas. Cuando agacha la cabeza sobre el manillar de triatlón, se convierte en un caballo que ignora que la Tierra es redonda y el universo curvo. Sus piernas no pedalean: percuten sobre los pedales. No es una casualidad que Indurain, el paradigma del crono, bautizara su máquina con el nombre de Espada.
Suelen ser tipos altos, de pies grandes, de espalda arqueada y cuerpo recogido para que no entre aire, con una técnica exquisita en la postura y en el pedaleo. Para cortar el viento, el contrarrelojista elimina todo lo plano y frontal y agudiza su perfil de centauro. Su rostro -el mentón, la nariz, la frente- se afila hasta que también las pupilas dejan de ser redondas y en ellas, como en las de los tigres, brotan dos cuñas que parten el reloj en dos pedazos. Conocen el valor de las décimas de segundo, frente a los escaladores que calculan el botín en minutos. Mueven desarrollos brutales -55x12-, porque saben que cuando uno pedalea con desarrollo escaso termina creyendo que tiene más fuerzas de las que en realidad tiene. Y en la meta siempre se termina pagando esa confianza.
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Eugenio Fuentes es escritor
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